Un reporte de anarquistas de Grecia

Todo comenzó sin que nadie se diera cuenta. Y ahora estamos confinados en nuestras casas, esperando las noticias del día siguiente que todos sabemos que incluirán más y más restricciones. La sociedad está en crisis, por culpa de un virus que se extiende. El gobierno subraya que lo más importante es que todos hagamos exactamente lo que dice, y que asumamos nuestra responsabilidad y actuemos solidariamente. Insiste en que el estado de emergencia es, por supuesto, temporal, pero necesario para ganar la guerra contra lo que amenaza seriamente nuestro bienestar… Pero un momento…

¿Cuál virus? En realidad, no podemos saberlo. Toda la información, los números y las estadísticas que son la base del confinamiento impuesto están en manos del gobierno y de los especialistas que trabajan para él. La cuestión no es negar la existencia real de un virus que circula por ahí, sino de darse cuenta de que el conocimiento de sus características, de cómo se propaga, de cómo se puede combatir, pero también los datos relativos a su impacto, están en manos de científicos de todo el mundo, que con frecuencia ni siquiera se ponen de acuerdo entre ellos sobre cómo interpretarlos o qué conclusiones prácticas suponen. De otro lado, la conclusión de las autoridades es sencilla: ellos saben, nosotros no.


Y por ello les debemos completa obediencia. Los medios de comunicación desempeñan de manera estupenda su habitual oficio de servidores del sistema. Hablan de lo que existe, mostrando y repitiendo sin cesar el relato de las autoridades, sin dar la más mínima atención a las voces de cualquier tipo que se desvían de su punto de vista. Su trabajo consiste en preparar totalmente el terreno para las siguientes decisiones aún más totalitarias. ¿Y no es un virus el enemigo perfecto? Invisible y probablemente en todas partes, y todo aquel que no cumpla con cualquier norma que se invente se convierte en cómplice de ese enemigo. Con la justificación de ser oprimido con multas y penas de prisión, se crea el contexto perfecto para que el Estado se destaque como el último salvador.

¿Qué responsabilidad?


Y cada vez que abrimos el periódico o prendemos la televisión se nos recuerda que debemos “asumir responsabilidades”. ¿Pero qué quiere decir esto entonces? Se nos pide que sigamos a ciegas las órdenes de algunos políticos. ¿Pero no son los mismos burócratas de los que antes desconfiábamos? ¿No demostraron muchas veces ser codiciosos y corruptos porque se mueven más por el interés personal que por el bienestar de los demás? ¿No probaron una y otra vez que su hambre de poder es mayor que cualquier idea de la justicia o la razón?


Este es la clase de personas que piden nuestra confianza, sin hacer preguntas, y lo llaman “asumir responsabilidades”. ¿No estaremos haciendo lo contrario? Lo que verdaderamente se nos pide es que renunciemos a cualquier conciencia, pensamiento crítico y autonomía, para permitir el control gubernamental extremo en todos los aspectos de nuestra vida.


El espectáculo del engaño continúa. Por un sentido de “solidaridad”, debemos obedecer las medidas extremas que se están tomando. ¿No es cínico escuchar esto en boca de los representantes de un sistema que es de todo menos solidario? Todo el año debemos correr como pollos sin cabeza para seguir el juego constante de la competencia, ser explotados, ser cazados por la policía por la razón que sea, y ser robados por los estadistas que hicieron de ello su profesión, ¿y ahora nos hablan de solidaridad?


¿Se atreven a actuar como si les importara nuestro bienestar? ¿Qué pasa con los millones de personas que viven en la pobreza para que la gente del gobierno se enriquezca? ¿Qué pasa con las personas que mueren en sus trabajos de miseria alimentando la implacable máquina económica? ¿Qué pasa con los que son torturados en las comisarías por los verdugos uniformados del Estado? ¿Qué pasa con los miles de inmigrantes que mueren cada año en las fronteras? ¿Qué pretende entonces el gobierno con sus grandes discursos sobre la solidaridad?
Mientras intentan alimentarnos con sus cuentos hipócritas sobre la solidaridad, vemos que muchas personas se encuentran encerradas en circunstancias insoportables. Por ejemplo, niños en sus casas bajo el dominio ininterrumpido de padres violentos. O parejas, esposos y esposas atrapados en relaciones abusivas. Miles de migrantes atrapados en campamentos, en condiciones incluso peores que las acostumbradas. En las cárceles se interrumpen todas las visitas, así como el acceso de los presos a material, alimentos y ropa procedentes del exterior. Los espacios vacíos de las cárceles se usan para aislar a los presos con síntomas del coronavirus, espacios que normalmente permanecen vacíos porque no son aptos para acoger a los presos.


Sólo se puede imaginar el efecto que esto tendrá en la salud de los presos que son arrojados allí. En las cárceles de Italia se presentaron revueltas masivas debido a la introducción de restricciones generales en todos los niveles. Quizás sea la única manera en que los presos conserven su dignidad al ver las condiciones extremas a las que están expuestos. También en España y Francia los presos se están levantando y luchando, al igual que otros presos en todo el mundo. El Estado no sabe lo que es la solidaridad y tampoco se ha preocupado por nuestro bienestar. Como siempre, dependerá de nosotros cuidarnos mutuamente, y asegurarnos de que los necesitados reciban apoyo. El gobierno utiliza la palabra solidaridad para crear un sentimiento de culpa en los que no obedecen sus órdenes, y para empujar a la gente a interiorizar su autoridad.


¿Qué crisis?


Así que nos dicen que estamos en crisis. ¿Será que alguien podrá avisarnos cuando llegue el día en que no estemos en crisis? Desde la crisis financiera hasta la crisis climática, pasando por la crisis de los inmigrantes y la crisis por el coronavirus. Al parecer el sistema tiene un montón de nombres diferentes para aquellos períodos que utiliza para reestructurar su poder, para ampliar e intensificar su opresión. En este caso – particularmente en este caso – no será diferente. La idea de una situación de crisis siempre se ha usado para contextualizar una mayor evolución totalitaria del poder. Por supuesto, el ritmo al que se fuerza esta evolución no es siempre igual. Cuanto más grande y urgente puedan hacer parecer la crisis, más grande y rápido puede ser el cambio. Sobra decir que la actual “crisis” está dando al gobierno (a todos los gobiernos) el escenario perfecto para un gran avance en el desarrollo de sus mecanismos de control y opresión.


¿De quién es la emergencia?


Siempre se dice que las medidas tomadas son “temporales”, pero esto es mentira. En el pasado, en muchas ocasiones pudimos ver que al menos una parte de las medidas de los “estados de emergencia” se mantuvieron e incluso se incorporaron a las leyes para nunca ser retiradas. Desde grandes ejemplos como el 11 de septiembre, que cambió para siempre la capacidad de los estados para rastrear, localizar y registrar a todo el mundo, hasta épocas más recientes en las que los atentados terroristas se utilizaron como pretexto para introducir nuevas formas de llevar a los tribunales a quien no estuviera de acuerdo con el estado, para sacar al ejército a la calle, para impulsar la recopilación general de datos, etc. Y en Grecia el año pasado, ¿no lanzó el nuevo gobierno un estado de emergencia general en la capital, con el fin de lograr una represión total sobre los no deseados (personas sin hogar, anarquistas, drogadictos, intrusos, etc.)?


Todos sabemos que se trabaja sin parar para crear una imagen de “crisis” (en este caso una “crisis de seguridad”) para justificar su absoluta sed de poder, dando a entender que su comportamiento fascista y sus políticas totalitarias serían de naturaleza “necesaria pero temporal”… Y ahora, ¿qué está ocurriendo masivamente? La gente está usando Internet para satisfacer todas sus necesidades. Desde comunicarse hasta consumir, desde trabajar hasta relajarse. En un abrir y cerrar de ojos, una gran parte de la vida se ha trasladado conscientemente al ciberespacio. De este modo, resulta aún más fácil para el Estado seguir, registrar y vigilar la actividad diaria de cualquiera. Pero, sobre todo, es nuestra propia voluntad y creatividad para “resolver” muchos de los problemas que se están presentando por nuestro encarcelamiento masivo, lo que ayuda a normalizarlo y finalmente a fomentar su aceptación. El manejo de la situación actual aportará un gran número de experiencias, herramientas y conocimientos técnicos que son y seguirán siendo usados por los gobernantes cuando lo consideren necesario.

¿Qué guerra?


Todas las objeciones o críticas son indeseables o incluso peligrosas, porque al fin y al cabo “estamos en guerra”. En guerra contra un hecho biológico, contra la naturaleza. ¿No es esto representativo de estos tiempos modernos? Cada vez nos olvidamos más de cómo vivir con o en la naturaleza, pero intensificamos y multiplicamos nuestra guerra contra ella.


Nuestro modo de vida está basado en la explotación de la naturaleza y, si esta realidad no se supera pronto, la llevaremos a su destrucción total. Tal vez sea la arrogancia occidental de creer que estamos por encima de todas las cosas, y por eso siempre ampliamos la formas de ejercer control sobre ella.


Siempre se mira a la naturaleza en términos de su valor práctico para la sociedad “civilizada”. Y cuando tenemos que enfrentarnos a algo que nos causa malestar todo se pone en marcha para domesticarlo, manipularlo o erradicarlo. Así que se está librando una guerra constante, contra la naturaleza, contra la vida y contra la muerte. Es un pensamiento inimaginable que no seamos dueños de la naturaleza, sino que formemos parte de ella, y por ello seamos sometidos a algunas de sus condiciones… Por supuesto que nadie desea morir, ni ver morir o sufrir a sus seres queridos. ¡Queremos vivir!


Pero, ¿acaso el solo hecho de sobrevivir en un determinado momento es lo mismo que vivir? ¿Es posible vivir en una jaula, o a lo sumo podemos sobrevivir en ella? ¿Estamos dispuestos a eliminar todo riesgo de vivir para tener mayores posibilidades de sobrevivir? Se puede afirmar que estas son preguntas filosóficas, buenas para pasar el rato, pero no tienen nada que ver con la vida real. Pues bien, en este mismo momento se nos está quitando toda la vida porque se nos dice que es la única manera de sobrevivir. Cada día de aislamiento es un ataque a nuestra autonomía, a nuestra capacidad de pensar y actuar por nosotros mismos, de vivir, amar y luchar.


Hay que rechazar la cuarentena, porque nuestra dignidad no puede sobrevivir en ella. ¡Hay que romper el encierro, porque nuestro deseo de libertad permanecerá!

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